Tale (part two)

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La sala de espera está atestada. Se respira frenesí por doquier. El calendario es lo suficientemente explícito como para comprender el trajín que puede verse en el entorno. Las fechas amoldan bolsos y maletas junto a propietarios que aguardan turno frente a las taquillas correspondientes. Otros pasajeros hacen cola en las máquinas expendedoras de posibles trayectos escogidos. Gritos, llamadas, prisas. Los altavoces anuncian partidas y llegadas de las diversas unidades de transporte con la parsimonia y concretud que cabe desear.
Apenas sin darse cuenta se vio dentro de una vorágine acelerada, con un ruido de fondo que le enturbiaba. No perdió la calma. Ensimismado con sus pensamientos, no se percató que alguien le tocaba por el brazo, obligándolo a detener su paso.
-¡Hola!
La miró. Un instante largo, sereno. Sus ojos sonreían, sin embargo. Cada vez más.
-¿Qué tal? ¿Cómo va todo?, dijo él.
– Bien. ¡Cuánto tiempo!
– Pero, ¿existe el tiempo?
– No lo sé… Tú, ¿qué opinas?
La cordialidad se iba haciendo hueco entre los dos. Se besaron las mejillas con efusividad, fuerza, con un conocimiento cósmico entre ambos. Un abrazo culminó la sorpresa inicial, destilando energías. Cuerpos que se sabían. Que no se dieron, quizás, lo suficiente en otro espacio, en otros lugares.
Se observaron un poco más, pausada y detenidamente, recreándose en las facciones del otro, la fisonomías, el porte, la hechura. Recuerdos asomaron por sus memorias. La educación y el respeto mutuo hizo que se omitieran, pero sin evitarlo. Eran conscientes de vivencias compartidas.
– ¡No has cambiado!, le dijo ella.
– Claro que sí; ha sido bueno para madurar… ¿No crees? No importa el envejecer.
– No bromees. ¡No has visto mis patas de gallo!, le espetó.
– ¡Pues te sientan muy bien!
Ella no pudo sostener la mirada y bajó sus ojos, límpidos y claros como él recordaba. Intentó seguirlos, pues siempre le atrajeron. Aquella primera vez, en aquella estancia alquilada, informal y compartida con otros transeúntes de la vida.
Por un momento no hablaron, enfrentándose. Parecía que el tiempo se había detenido para ellos. No existía nada alrededor…
– ¿A dónde vas?, preguntó ella.
– Intento llegar a algún sitio. ¿Y tú?
– Vuelvo a mis orígenes, a recomponer…
Se contemplaron otra vez, sin agotarse. Sin decir nada. La mente hacía el resto. La estación seguía el ritmo que marcaba la hora y lo frenético del momento. Pero ellos no estaban pendientes del valor de unas manecillas de reloj. La coincidencia les hacia felices.
Y ya nada importaba.

Ciudad Encantada. Cuenca (Castilla-La Mancha). Original en transparencia.

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