Planaria… (así la llamaban los romanos)

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Creía que algo se llevaría a la boca… Sus compañeras la seguían, quizás pensando que algún premio también caería. Se fueron acercando, con timidez, recorriendo y saltando sobre un muro de piedra. A lo lejos, la cima del Escanfraga, cono volcánico extinto. Reconozco que el primer sorprendido era yo. Normalmente, estas criaturas son esquivas, no se fían de nadie que sobrepase su tamaño. Sentí mucho no tener cualquier regalo para su espontáneo posado. Luego me dijeron que estas ardillas africanas se han acostumbrado a todo visitante que merodea libremente por los alrededores de la Casa de los Coroneles, amplia edificación del siglo XVII, que todavía enseñorea restos de su alcurnia en la población de La Oliva, norte de la isla de Fuerteventura, y que en la actualidad es visitada por las interesantes colecciones de arte que cobija, amén de la elegancia de su artesonado en madera de pino canario que perdura originario desde su construcción, y la curiosidad en su dilatada historia.
Así, tan repentinamente como aparecieron, los bichitos se escurrieron por las explanadas y recovecos que rodean la casa… Pocas palmeras, ruinas de dependencias que existieron, portalones, columnas de piedra, extensos patios hoy cubiertos de vegetación rala, muy acorde con la latitud y el clima del lugar. Colores ocres, parduzcos, dominan el entorno. Dicen que ver un espécimen de estos trae buena suerte… Estupendo ambiente, sol abrasador y mercurio alto… ¡Será eso!

Cuatro de la madrugada. Un extenso manto gaseoso cubre el espacio. Uno de los motivos por los que piso la isla más antigua de este archipiélago _geológicamente hablando_ son sus cielos, publicitados últimamente hasta la saciedad (http://www.starlight2007.net/Fuerteventura.html). Siguen los alisios jugándome malas pasadas. Desde lo alto del barranco del Esquinzo y alejado de cualquier contaminación lumínica, mi vista acierta a distinguir montaña Tindaya, emblemática y mistérica, y Morro Tabaiba. Un resplandor las rodea, dándoles un aire misterioso. Es zona maxorata, cuna de antiguos pobladores. Pero mi objetivo no me permite instalar cámara y plasmar el infinito. Por mucho que tus ojos se acostumbren, el tiempo es desapacible. Me recreo en el silencio. ¿Donde estarán las ardillas?

Hay un chucho que frecuenta el albergue muy de mañana. O le han acostumbrado mal o se empeña en desayunar conmigo. Pone cara de cordero degollado y le invito a jamón. No creo que le guste el té a la menta.

A la búsqueda de un experto, el archivo del ayuntamiento de La Oliva nos ofrece todo lujo de detalles. La oficina, en sí misma, deja que desear… Todo parece amontonado. Flota improvisación, aunque a la hora de buscar datos, como no, dentro de la caja tonta. Documentación muy ordenada, eso sí. Miguel considera que estos temas deben llevarse de otro modo. Su sector profesional es lo que le preocupa… A partir de ello, consecuentemente, la arqueología como patrimonio no brilla. Y no genera dividendos. Y hay pocos turistas…

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La historia de la montaña sagrada de Tindaya es harto conocida en su versión más prosaica. No voy a descubrir nada, pero hay que decir que la traquita, su componente geológico principal, tiene, dicen, propiedades curativas. Por eso los grabados podomorfos, huellas pétreas esparcidas en su cumbre _que apenas existen ya, pues se localizan muy pocas_ lo consideraban la ubicación exacta, una posición correcta para canalizar energías, recibir ese remedio natural que dio fama al lugar, coincidiendo, asimismo, con los ortos y ocasos de las estrellas y demás cosmogonías competentes _aunque ello sería entrar en la disciplina de la arqueo-astronomía_, congregando así a todos los antiguos aborígenes en busca de ese bienestar que emanaba el planeta en este punto. Liturgias mandan, las catarsis vienen después. Mismo sucede en Tenerife y según qué cavidades de algunos árboles de aquella isla. El contacto con la madre tierra se realiza a través de aquellos elementos tradicionales que la comunican con los habitantes de la zona elegida. Te infunde un profundo respeto, sin embargo, cuando caminas por su ladera. Lo caprichoso en las formas y dibujos que el tiempo ha dejado en estas piedras es atractivo, abstracto. “Medicina ancestral, mi niño…”, me dicen, mientras consumo un refresco en el poblado cercano a la mole. ¿En qué pensaba Chillida? La montaña, después de todo, dictó sentencia…¿Estará embrujada?

No quería iniciar mi periplo de hoy sin obsequiar a mis amigas. A esta hora, la Casa de los Coroneles respira quietud. Acuden presurosas y se acercan a una distancia impensable. Frutos secos…; desechan las pasas. La Cueva de los Ídolos fue un descubrimiento insospechado (http://www.laoliva.es/info_general.php?id_seccion=3 ). Nadie esperaba encontrar un hallazgo que, sin embargo, reportó beneficios históricos y culturales más que notables, sobre todo por su contenido, alimentando todo el conocimiento que se disponía de la sociedad prehispánica canaria. Hacia la población de Lajares se ubica todo un extenso espacio que, en su tiempo, hace unos cincuenta mil años, fue un vertido de lava volcánica. De ahí su nombre: lahar, losa de piedra volcánica porosa, sedimentada. Al solidificarse se formaron caprichosos dibujos donde esa piedra es la reina del diseño. Y tubos o jameos, que es donde se ubica este vestigio. Territorio protegido, ondulado, solitario, austero. La tabaiba silvestre es el vegetal indiscutible.

El Cotillo es todo surf. La industria deportiva tiene en esta población uno de sus máximos exponentes nacionales. La quinta ola más importante del mundo está en el archipiélago y una de nuestras campeonas de kite a nivel mundial entrena por estos derroteros. Casas bajas, calles estrechas, pin-ups 4×4, etc. Estética californiana. Negocio inmobiliario, cosmopolitismo y partys nocturnas compiten con la arena dorada de sus extensas playas. Dos jovenzuelos adolescentes se aprestan con su tabla a deslizarse por el embravecido elemento. La madre de uno de ellos previene desde la orilla: “después de esta serie, Iker…” Voy comprendiendo.
El faro del Tostón es un punto tranquilo entre toda esta vorágine. Alejado de la neuralgia del centro urbano, tres torres circulares dan singularidad a la edificación. Asimismo centro de interpretación, relata la vida de pescadores que faenaban en estas aguas y que, gracias a la recopilación de sus vicisitudes, reconócese su historia, ya de otras épocas. Espectacular vista desde una de aquellas. Toda la fisonomía de esta porción de tierra canaria se exhibe… ¿Para qué un Caribe?

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La capital histórica es otro de los hitos de este deambular. Hay que subir, sin embargo, a lo más alto de esta isla. El mirador de Morro Velosa nos recibe como visitantes en una edificación que parece un nido de águila, compacto, vigilante que otea horizontes hacia todos puntos cardinales posibles, que son muchos. Edificio sobrio, se aprecia desde muchos kilómetros, aunque no te das cuenta de sus dimensiones reales hasta que estás en la cima. Su bar está repleto. En el exterior, Eolo deja sentir su fuerza. Estamos a 700 metros. Según cuentan las crónicas, desde este punto se repartían el reino los dos jefes tribales en estos lares: Guize y Ayoze.
Serpentea la carretera para llegar a Betancuria, poblado de solera que se ubicó en este emplazamiento para protegerse de saqueos y piratas. Lo decidió un tal Juan de Betancourt, allá por 1405. Vasallo de los Reyes Católicos, desde aquí se iniciaron las refriegas contra la población aborigen. El núcleo urbano es recoleto, agradecido al astro rey y volcado sobre las laderas que desembocan en un antiguo lecho acuático. Lo comercial se extiende en unas calles que contienen tiendas de souvenirs, restaurantes y bares de tapas, a cual más llamativo a ojos del turismo. Las casas tradicionales, que aún conservan el estilo que les dio renombre, se han tenido que adaptar a la industria de los servicios. Todavía se respiran esencias en sus chamizos y patios interiores. Riadas de curiosos visitantes ocupan todo metro cuadrado para conocer cualquier escondrijo que se precie.
Una ingesta antes de volver. Seguiremos la tradición popular. El mojo es el mojo…

Dejando aparte que la compañía ha sabido respetar mi libertad en estos días, incluyendo parrandas y romerías, hoy han querido obsequiarme con un itinerario de excepción. Angi, que es muy marina y playera, esta entusiasmada… El resto, simplemente se solidariza, gracias a las cervezas que caerán después. Un islote de especial importancia se vislumbra entre Lanzarote y el lugar donde los penitentes nos encontramos: Corralejo, parque natural, ejemplo de biodiversidad y naturaleza impoluta, con un pirandón que afea el entorno, único en su zona y propiedad de un hotelero de Mallorca. La verdad, es lo único que desentona… George dice que “algún chanchullo habrá”…, llevan así desde los 60′..”.
Breves explicaciones de John para iniciar derrota. Inmenso mar… y tres millas y media por la proa, noreste.
Los primeros compases son muy amenos. Le damos a la sin hueso. Casi no nos enteramos del recorrido. Palada a palada vamos dejando atrás Corralejo _dice George que es un Benidorm como otro cualquiera_ y nos vamos acercando a la Isla de Lobos, con esa silueta que le caracteriza: un enorme farallón de roca ígnea, extrusiva, restos materiales del fenómeno vulcanológico que asoló la zona hace siglos. Hasta 1890 lo habitaban un grupo reducido de focas monje. Declarado Parque y Reserva Natural en 1982 es uno de esos rincones que hay que visitar alguna vez en la vida. A nosotros nos saldrá gratis, a no ser por el alquiler de la embarcación. La fuerza la ponen nuestros brazos.

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Surcamos un tramo en el que se intuyen fondos de una limpieza exquisita. Verde turquesa, roquedos, marcan una geografía submarina excepcional. Alguno apunta que se ven calderones en según qué temporadas. Las mareas de esta zona se hacen sentir y comienzan muy de mañana. Pero ahora nos favorecen.
Lo que si está de más son las motos acuáticas. Dice George que han espantado a las tortugas bobas. Y ello desequilibra el medio.
Al aproximar nuestras piraguas hacia el litoral, John se encarga de dar una clase acelerada de eskimo con oleaje pobre. Hacemos tierra junto a unos restos arqueológicos reciéntemente descubiertos, que enfatizan en el hecho de que los romanos ya estuvieron aquí. Y trajeron pobladores. Y… ( http://www.eldiario.es/canariasahora/politica/Confirman-origen-romano-yacimiento-Lobos_0_195631394.html )
Unos pocos minutos y retomamos navegación para dirigirnos al Puertito, cala donde aún se respiran aromas de antiguas vivencias pesqueras. Hoy es una piscina natural de un tropicalismo que más de uno lo quisiera.
Mientras el grupo toma un receso y bucean en estas prístinas aguas, George y yo nos damos un garbeo, a ver si encontramos un endemismo singular: la siempreviva del Islote de Lobos ( limonium ovalifolium ), ejemplar botánico que sólo habita esta insularidad. Único en el mundo, ni que decir tiene su cuidado. Retornamos por el barrio, un conjunto agolpado a la roca de casas de pescadores, donde vivía, no hace poco, Antoñito, el farero, un personaje singular. También único de su especie hasta que se jubiló.
Hay que volver y a todos nos da pereza. Será duro. La marea está en su punto y notaremos corriente. Formidable día.
Aquella no perdona. Cuesta palear. Creo que el plátano que he ingerido antes lo soltaré por la borda… No hablamos mucho, cada cual está en su esfuerzo. Ya sabemos cuál es la línea a seguir. Masa liquida muy removida. Pocas referencias al horizonte, a no ser por los aledaños de los edificios cercanos a Corralejo. A veces, éste desaparece ligeramente.

Cada vez se hace más cercana la costa.

Un cuarto de milla…

Pocos metros ya…

Creo que me toca pagar unas rondas… Hay que mostrar agradecimiento. Lo de hoy es un regalito como pocos.  ¡To be-er or not to be-er!

He querido invitarles a ver las estrellas. El cansancio y la despedida del día siguiente hacen inútil mi sugerencia. Después de varias jornadas buscando una localización idónea para instalar material, la encuentro donde menos esperaba, y sin tanto bombo y platillo respecto al proyecto vende-cielos. La Cueva del Llano es otra obertura a ras de suelo. Otro jameo en toda regla. Su curioso y disimulado centro de interpretación dispone de un buen parking alejado de cualquier aglomeración urbana, y sin apenas contaminación lumínica. No molestas ni te incordian. La llanura donde se ubica el yacimiento es de un silencio que invita a la introspección, a la magia que buscas para la realización de buenas tomas.
Pocas nubes han cerrado el día. Intuyo claridad para la observación celeste… La noche es otro mundo.
Me tomo tiempo para que mi visión sea más apreciativa. Entre brumas de poca densidad aparece Casiopea… Y comienza a definirse la Vía Láctea… Y las Pléyades…, hacia el cenit de Orión.

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3 comentarios en “Planaria… (así la llamaban los romanos)”

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